nº41-40 (2007-12-31)
Silvana Luciani:¿Qué es lo que inquieta actualmente?
Dolores Juliano: En las últimas décadas se ha creado prácticamente en todo el mundo, una sensación de peligro, lo que ha producido una demanda social en el sentido del agravamiento de las penalizaciones. Esto, desgraciadamente, tiene consecuencias en el tejido social. Las políticas de criminalización y sus concreciones represivas, comienzan en EUA antes del atentado de las Torres Gemelas, pero tras éste se justifican como medidas de seguridad. Es un proceso que se copia, o se continúa, en los distintos países de Europa. Esto ha hecho que aumente sensiblemente la población encarcelada, de forma tal que muchos autores hablan de “gran encierro” de fines del siglo XX, parafraseando a Foucault, que hablaba de otras épocas con situaciones semejantes. Este proceso, por ejemplo, hace que en países como España haya aumentado la población carcelaria en un porcentaje considerable, lo que nos convierte, junto con Portugal, en el país con mayor población carcelaria de Europa en relación con su población. Esto lleva a dedicar más presupuesto a encarcelar en lugar de dedicarlo a mejorar las condiciones de vida y prestaciones sociales, políticas que, cuando menos, habrían de justificarse. Y lo hacen a partir de una ideología de criminalización. Cosas que antes eran faltas o que se consideraban poco importantes o significativas van siendo cada vez más castigadas. En una especie de espiral, se castiga más, la gente se acostumbra a escuchar que se han endurecido las penas y se pide aún mayor endurecimiento. En lugar de cuestionar a las autoridades de por qué son tan severas o penalizan más, constantemente desde la población en general se están pidiendo aumentos de penas, lo cual resulta preocupante. Este aumento de penas tiene, a su vez, un rasgo de clase porque actúan sobre los sectores más débiles socialmente. Pongo el ejemplo de lo que está sucediendo en Barcelona, que es el caso que más conozco, pero en Madrid, donde gobierna un partido político diferente, la situación es igual y probablemente en muchas otras ciudades o ya se ha hecho o se están haciendo políticas semejantes, porque esto es como una epidemia que se propaga. Hace más de un año, en Barcelona, se aprobó una ordenanza de convivencia ciudadana que penaliza cosas tales como la mendicidad, las pintadas callejeras, la utilización de los monopatines, la limpieza de cristales en los semáforos, la venta callejera o la prostitución callejera. Es decir, una gran cantidad de actividades de supervivencia o de ocio, que implican la utilización del espacio público por parte de sectores con escasos recursos económicos. Todas estas actividades se sancionan con multas y pueden tener incluso consecuencias en términos penales. Con estas políticas se está penalizando y criminalizando a varios sectores de la población, los jóvenes entre ellos. Cosas tales como reuniones o andar en grupo, se consideran uso indebido del espacio público y equiparan fácilmente a los jóvenes con bandas delictivas. Parece como si la sociedad viviera en estado de permanente peligro y que tuviéramos que salvarnos mediante medidas punitivas, y cuanto más punitivas, mejor.
¿Cómo afectan estos cambios concretamente a las mujeres y a las mujeres inmigrantes en particular?
Dolores Juliano: Esta situación, evidentemente, también tiene un sesgo de género. De la población carcelaria, el 8% aproximadamente son mujeres. La pregunta que yo me haría sin embargo, o que propongo que nos hagamos, no es por qué hay tantas mujeres presas sino por qué hay tan pocas. Si tenemos en cuenta que hay una cierta relación entre situación económica y comisión de delitos, podemos ver en qué situación están las mujeres al respecto. Las mujeres constituyen las dos terceras partes de los pobres del mundo, aunque realizan las dos terceras partes del tiempo que se trabaja. Esto se explica porque buena parte de la tarea que realizan es trabajo no remunerado, trabajo gratuito, trabajo de cuidado, de atención. Además, en aquellos trabajos en que se les paga, se les paga menos y esto hace que sean no solamente las más pobres en la estadística mundial, sino también que dentro de cada sociedad constituyan bolsas de pobreza con salarios menores. En España, por ejemplo, ganan el 71% del salario que perciben los hombres por los mismos trabajos. Curiosamente, y como dato preocupante, esta diferencia avanza a medida que tenemos mejor nivel de formación. Es decir, las mujeres con estudios universitarios ganan de promedio lo mismo que los hombres con estudios de secundaria, las mujeres con doctorado ganan lo mismo que los hombres universitarios y así sucesivamente. Esto es lo que conocemos como “techo de cristal” que hace que las mujeres, tengan la formación que tengan, no accedan a determinados niveles de puestos o de salarios, con lo cual, se aumenta la diferencia. Pero además, las mujeres ocupan mayor cantidad de puestos precarios, esto significa que pueden hacer el mismo trabajo pero en peores condiciones y están más afectadas por el desempleo. Es decir, hay un montón de factores que hacen que aunque las mujeres trabajen y trabajen mucho, les rinda menos. Por otra parte, las mujeres tienen mayores cargas familiares, porque asumen de manera más coherente dichas cargas. Un ejemplo claro de esto lo vemos con las mujeres inmigrantes. Cuando se habla de inmigración feminizada, sobre todo en el caso de América Latina, se debe al hecho de que muchos de los proyectos familiares son protagonizados por mujeres, porque es la propia familia quien decide que sean ellas las emigrantes y esto se debe a que tienen mayor confianza de los grupos familiares para realizar el proyecto migratorio. Esta confianza está bien fundada, si las mujeres dejan hijos, y la mayoría de ellas los dejan, es absolutamente fiable que se van a sacrificar lo que sea y se van a quitar el pan de la boca para mandar dinero sistemáticamente todos los meses a su familia de origen. De hecho, estas migraciones feminizadas representan aportes económicos muy importantes de las mujeres inmigrantes que se constituyen en unos de los principales ingresos de los países de origen. Los hombres, en cambio, cuando se ubican laboralmente en el país de acogida suelen comenzar a desarrollar proyectos propios, o comienzan a organizar una nueva unidad familiar y a la larga dejan de mandar dinero a la sociedad de origen. Una consecuencia del interés de las mujeres inmigrantes por maximizar sus aportes a la familia de origen, se aprecia cuando se trata de reagrupación familiar. Los hombres reagrupan generalmente a la esposa y a los hijos, pero las mujeres suelen reagrupar a madres, a hermanas, a hijas, más que el marido. Los nichos laborales que ocupan las mujeres en la sociedad de acogida, como asistentas domésticas preferentemente, hacen que sea más rentable traer a una hermana, a la madre o a una hija, es decir, a una mujer adulta de su propio grupo familiar, ya que es más fácil conseguirles previamente el trabajo en otra casa de familia y pueden multiplicar los ingresos. Por otra parte, en muchos casos, los problemas económicos suelen terminar en hogares matrifocales, es decir, que cuando las cosas van fatal y el barco se hunde, los hombres suelen nadar para ponerse a salvo, es decir, abandonar la carga familiar. De esta manera, son las mujeres las que quedan a cargo de familiares y enfermos y se convierten en el sostén económico cuando hay un abandono masculino. Tienen un incremento de las cargas familiares y no un apoyo para repartir las cargas. En estas condiciones, con menos ingresos y más cargas ¿por qué las mujeres no cometen delitos cuando tienen fuertes motivaciones sociales para cometerlos? ¿Por qué no caen en el campo de la delincuencia? Cabe aclarar que el menor porcentaje de mujeres en las cárceles no se debe a que sean menos castigadas que los hombres, ya que, por el contrario, las mujeres cuando cometen delitos suelen ser más castigadas que los hombres. Hay estudios que señalan que ante el mismo tipo de conducta las mujeres corren más riesgos que los hombres de ser consideradas y sancionadas como delincuentes. Estoy pensando en cosas tales como las menores que se escapan del hogar, las personas con conductas sexuales promiscuas o quienes abandonan a sus hijos. Se suele condenar a “la mujer degenerada que ha abandonado a sus hijos”, pero muchas veces ha habido un abandono paterno previo. En esos casos ella es sancionada y el padre abandonador no es castigado, ni socialmente, ni desde el punto de vista penal. Aunque la ley es igual para todos, algunos delitos que cometen las mujeres resultan castigados más duramente que los que cometen los hombres, al considerárseles menos atenuantes, por lo que ellas tienden a cumplir condenas completas. Un gran porcentaje de mujeres presas, lo están por delitos contra la salud pública, generalmente por tráfico de drogas. Trafican en pequeñas cantidades y son castigadas con penas muy duras, ya que no se les aplica ningún atenuante, al no ser consumidoras de drogas, al no ser drogodependientes y, por otra parte, al hacerlo para negociar con otros, se les aplica además el agravante de asociación ilícita, por lo que cumplen penas completas que pueden llegar hasta nueve años de cárcel (cuando una pena de homicidio anda alrededor de los diez). Son penas desproporcionadas. Quiero decir que cuando las mujeres delinquen se las castiga y se las castiga muy duramente y en condiciones más severas, porque como hay menos cárceles de mujeres que de hombres, en términos estadísticos estas cárceles quedan más lejos de sus domicilios, lo que dificulta que reciban el apoyo familiar que a veces tienen los hombres. Es decir, si un hombre entra en la cárcel es posible que la mujer quede al cuidado de los hijos y que al cumplir él la condena encuentre a su familia esperándolo, aunque sea en malas condiciones, pero cuando la mujer va a la cárcel, la familia se deshace por completo y está más estigmatizada socialmente. En realidad no tenemos lecturas sociales heroicas de la trasgresión femenina. El hombre que delinque puede ser considerado un héroe por su grupo de pares, mientras que la mujer que delinque se considera degenerada, anormal, no tiene ningún tipo de apoyo social en su delito, con lo cual todo es más duro. Por todo ello, la única conclusión a la que podemos llegar es que si las mujeres delinquen menos es porque han conseguido desarrollar algunas estrategias que les llevan a no cometer delitos, que estas estrategias son bastantes eficaces y que son de utilización preferentemente femenina. Si fueran de utilización de los dos, pues ya lo utilizarían los hombres. Estamos ante lo que podríamos llamar estrategias sociales de supervivencia.
¿Cuáles son esas estrategias?
D. J. Algunas de las estrategias son ampliamente conocidas. Las mujeres suelen soslayar los problemas de gran necesidad económica, y los que provienen de la distribución de las tareas domésticas y el cuidado de los niños mediante la formación eficaz y efectiva de redes de solidaridad. Redes familiares y redes sociales. Un ejemplo lo tenemos nuevamente con la mujer que emigra y deja a los hijos en el país de origen. Normalmente no los deja al cuidado del marido, los deja al cuidado de su madre o de alguna hermana que se hace cargo de los hijos propios y de estos otros. La solidaridad a través de abuelas, madre e hijas con responsabilidades familiares encargadas a otros miembros del grupo familiar es una estrategia que funciona ampliamente, al menos en las sociedades que yo más conozco, que son las de América Latina. En algunos casos esas redes superan los límites familiares y abarcan barrios enteros. Estoy pensando en cosas tales como las ollas populares que se forman cuando hay mucha necesidad económica, mucha hambre. Las más conocidas se hicieron en Lima o en Santiago de Chile, se trataba de comedores en los cuales se unían los escasos recursos para que rindieran más. Pero, independientemente de estas redes, que están bien estudiadas, las mujeres utilizan otras estrategias, como aceptar cualquier fuente de recursos. Se aceptan todos los trabajos, por precarios y duros que sean. Las mujeres trabajan por sueldos bajísimos porque lo importante es llevar el pan a la mesa. Es decir, si no se puede ganar mucho, se gana menos. Vemos por ejemplo cómo algunas industrias trasnacionales, ubican las maquilas, que son los trabajos de costura, armado y confección de piezas, en el Tercer Mundo empleando mano de obra femenina barata. Las mujeres aceptan estos trabajos, y lo hacen porque creen que un mal trabajo es mejor que ninguno, y porque esto permite reunir algunos sueldos, aunque sean bajos, para solucionar las necesidades. Otra estrategia es la movilidad laboral. Las mujeres no se consideran especialistas en este trabajo o el otro, aceptan el trabajo que venga y van cambiando de trabajo a medida que tienen posibilidad de ir acomodando sus opciones laborales. Otra opción para evitar delinquir es la migración en sí misma, si no pueden ganarse la vida en un lugar, migran a otro lugar donde podrán ganarse de alguna manera la vida, aunque las condiciones sean duras, aunque los riesgos sean mucho mayores. La migración es una estrategia de supervivencia y, dado que las mujeres tienen problemas económicos, es normal que opten por esta estrategia, auque no optan por esta estrategia las que tienen más necesidad, sino las que pueden. Buscan mejorar su situación económica, aunque a veces quienes trabajaban en puestos medios en los países de origen, por ejemplo de maestras o enfermeras, aceptan trabajar de asistenta doméstica, porque aunque sea un trabajo más duro y más desagradable les representa mejores ingresos, y si tienen que mantener una familia numerosa o varios hijos les interesa ganar más, aunque el trabajo sea peor. También utilizan recursos ocasionales, como las donaciones de óvulos. Las técnicas de fecundación in-vitro o la concepción asistida, en los países ricos, requieren a veces la donación de esperma, que es fácil de conseguir, pero también de óvulos. Ahora bien, ésta implica una mini intervención quirúrgica y, además, significa para la donante tomar ovulatorios (que son hormonas) que cambian el equilibrio hormonal, siendo un tratamiento largo y exigente que incluso puede tener consecuencias en la salud de la mujer. Donar óvulos no es aquello de “Joven universitaria en tus ratos de ocio, dona óvulos”, es un negocio en el que las empresas que hacen este trabajo, cobran, y cobran muy bien, y solamente consiguen como donantes a aquellas personas a las que la recompensa económica les resulte interesante. Aunque no se dice que se compran óvulos, sino que se recompensa por las molestias causadas. Pero en última instancia, quienes donan óvulos son las inmigrantes o las mujeres realmente pobres en el país de acogida. Se puede puntualizar que incluso aunque donen óvulos no se salvan de la discriminación. Si son morenas o tienen aspecto indígena no se las acepta como donantes. Sobre este tema por ejemplo, no hay protesta social, de eso no se habla. De lo único de lo que queremos hablar a las mujeres es de la prostitución Ésta es otra opción que las mujeres suelen tomar puntualmente. Cuando los otros recursos más fáciles fallan, cuando no hay manera de obtener ingresos, cuando las necesidades apremian, en el momento en el que el hombre sale a robar un bolso, la mujer se pone en una esquina y vende servicios sexuales. Es evidente que, en caso de necesidad, ni todos los hombres roban, ni todas las mujeres se dedican al trabajo sexual. Pero las mujeres que se dedican al trabajo sexual, consideran que la suya es una alternativa a la opción de delinquir y la consideran más ética y más digna moralmente. Ellas señalan con mucha frecuencia “no sabemos por qué se preocupa tanto la sociedad de nosotras, porque nosotras no delinquimos, nosotras no hacemos daño a nadie”. Es decir, “nosotras no somos delincuentes”. Y eso es algo que ellas marcan sistemáticamente y que nosotras llegamos a entender después de haber estado años trabajando con el tema. La prostitución es para ellas una opción alternativa a la delincuencia. Nos tendríamos que haber dado cuenta antes, porque ellas lo repitan cada vez, pero es aquello de que una sólo escucha lo que está en condiciones de escuchar. Con esto, lo que estoy tratando de señalar es que la lectura del trabajo sexual, para muchas mujeres, es una lectura en términos de un trabajo duro, desagradable y con determinados número de riesgos, al cual se acude como trabajo refugio, cuando no se tienen otras opciones laborales mejores. Ellas suelen decir “nosotras no somos prostitutas, nosotras trabajamos en esto” y normalmente no lo consideran un trabajo definitivo, sino una opción para solucionar problemas en un momento determinado. La sociedad dice “son prostitutas”, ellas, en cambio, consideran que trabajan puntualmente dentro de la prostitución.
Sin embargo, la prostitución socialmente no es reconocida como trabajo y sobre la misma pesa un estigma muy fuerte que repercute en quienes desempeñan esta actividad…
D. J. Sí, efectivamente, esto se explica si comprendemos cómo funciona la relación entre valor moral o la aprobación social con respecto al logro económico que se consigue, en el caso de los trabajos considerados femeninos. Si consideramos trabajo a cualquier actividad que se realiza para obtener un lucro, un resultado económico, entonces la prostitución debe considerarse trabajo, porque se hace para obtener un resultado económico. Esto no significa que todas las actividades sean aceptables. Hay cosas que no se pueden hacer ni gratis ni cobrando, que no se pueden considerar trabajo. Por ejemplo, matar, robar, engañar son actividades rechazables ya sea gratis o cobrando. El problema es si las actividades que se pueden realizar gratuitamente, como es la actividad sexual, pueden o no, realizarse cobrando. La no consideración como trabajo de la prostitución se relaciona con la no consideración como trabajo de la mayoría de las actividades que tradicionalmente han realizado las mujeres. Éstas se dividían entre las que tenían cierto prestigio pero carecían de recompensa económica, como la tradicional tarea de ama de casa, o las que se pagaban poco y tenían además poco prestigio como limpiar, cocinar o cuidar enfermos o ancianos por un sueldo, hasta las más desprestigiadas pero un poco mejor pagadas de vender servicios sexuales. Esto funciona de una manera muy diferente al mercado laboral masculino, en que hay una correlación clara entre ingresos y prestigio. En la actualidad, los bolsones de pobreza que hay en España están ocupados fundamentalmente por amas de casa tradicionales, aquellas mujeres que estuvieron toda su vida ocupadas al cuidado de sus hijos, maridos y nietos sin cotizar en la Seguridad Social y que en la vejez no tienen ningún tipo de ingresos, salvo pensiones no retributivas o algunas pensiones por viudedad. Son las que están en peores condiciones económicas. Con lo cual, un poquito de prestigio y nada de dinero, no parece un buen negocio. Pero cada una de las actividades de las amas de casa pueden sacarse al mercado, y de hecho en la actualidad una gran cantidad de trabajos tradicionales del ama de casa, pueden comprarse. Podemos alquilar quien cuide a nuestros niños, enfermos, ancianos, quien prepare la comida, quien lave la ropa, quien zurza, haga los remiendos y limpie nuestra casa, es decir, estos trabajos se sacan al mercado. Según estudios hechos en EUA, ninguno de los trabajos relacionados con las actividades tradicionalmente femeninas permiten salir del umbral de la pobreza. Todos ellos implican ingresos mínimos, todos son trabajos desregularizados, mal pagados, con poca aceptación social. Pero si vamos sacando al mercado otras cosas, por ejemplo, el alterne, la cosa no mejora. Dentro de lo que se denomina apoyos sentimentales, esto está bastante más mal visto y un poquito mejor pagado. De todas las actividades que iban incluidas dentro de las que la mujer tenía que dar gratuitamente, el débito conyugal o las prestaciones sexuales, es la única actividad que está un poco mejor pagada, es decir, se considera que una prostituta callejera gana alrededor de dos salarios mínimos, lo cual no es deslumbrante en términos de ingresos, pero está mejor pagado que las otras actividades. Y esta pequeña compensación económica va acompañada del mayor descrédito. Es decir, gana un poquito más, pero el estigma es absoluto. En vista de esta situación, las mujeres que hemos podido hacerlo, hemos dejado el trabajo de casa y hemos optado pese a las malas condiciones y la discriminación, por competir por trabajos que están bien pagados y bien vistos, sencillamente porque eran los trabajos tradicionalmente masculinos. Competimos por estos trabajos y nos olvidamos o dejamos el ámbito de los trabajos tradicionalmente femeninos. Estos trabajos no se redefinen, no se pagan mejor, no se recontextualizan ni se valorizan socialmente, simplemente se abandonan. Y al ser trabajos que las españolas, o las que tenemos la nacionalidad, no queremos hacer, pasan a manos de las mujeres inmigrantes. Esto es lo que les ofrecemos, no les ofrecemos ninguna otra cosa. Las inmigrantes normalmente prueban con el trabajo doméstico. Las condiciones laborales suelen ser malas, muchas horas, poco dinero, poca consideración social, pero es una tarea que les puede permitir regularizar su situación, en el caso de que las familias para las que trabajan se presten a ello. En algunos casos, si están trabajando de internas, pueden incluso mandar un poquito de dinero a casa. En muchos casos no, pues son ingresos realmente bajos. La estrategia que usan más es multiplicar sus horas de trabajo, haciendo doble jornada. Algunas pocas alternan o redondean estos trabajos mal pagados y de poco prestigio social, con trabajo sexual esporádico o permanente. Presuponer que la única opción que les resulta medianamente rentable la hacen solamente porque están presionadas y obligadas es desconocer cuál es el resto de opciones que tienen. Sin embargo, no es una opción generalizada. La sociedad disuade de esta opción, estigmatizando muchísimo a la prostitución y esta estigmatización tiene una función social importante.
¿Qué es lo que está en juego? ¿Por qué está tan estigmatizada?
D. J. Mi primera investigación sobre trabajo sexual, no se relacionaba con quiénes eran y cómo trabajaban las prostitutas, sino que la pregunta que me planteaba era precisamente cómo y por qué la sociedad estigmatiza de semejante manera al trabajo sexual. Mi hipótesis era que lo que está en juego, en realidad, es el control de las mujeres en general y no el control de las prostitutas. Éstas, a partir de la estigmatización quedan de alguna manera fuera de control. Cuando a una persona se la estigmatiza, a partir de ese momento, haga lo que haga, no variará su estigmatización, por consiguiente, adquieren una cuota de libertad aunque la pagan a muy alto precio. En cambio, el control es sobre las mujeres que no somos prostitutas. A las mujeres en general les dicen: “Mira el modelo que nosotros te ofrecemos, es durísimo, tienes que vivir para los demás, sacrificarte, pocos logros económicos, poco reconocimiento, poco prestigio, pero chica, tú verás lo que eliges. Si no haces esto y te decantas por hablar de determinada manera, tomarte más libertades sexuales que las que te damos, ir a ciertos lugares a determinadas horas, beber más de lo correcto, utilizar un lenguaje que no es correcto, cambiar de compañeros más de lo que estamos dispuestos a tolerar, se te va a tratar, o a considerar como si fueras una prostituta. Y ya verás con ese estigma a ver cómo te las arreglas para salir adelante”. El rechazo de la prostitución es un mecanismo de control social de las mujeres no prostitutas. Y un coste que pagan las mujeres prostitutas que son principalmente, en este momento, mujeres inmigrantes.
Sin embargo, hay corrientes dentro del feminismo que lejos de tener esta visión sobre el control hacia las mujeres, piensan que la prostitución es una vejación hacia la dignidad de las mujeres. ¿Cómo evalúas esto? ¿Cuáles son las diferentes posiciones en torno a la prostitución?
D. J. Se ha abierto una gran polémica sobre el trabajo sexual. Hay una fuerte corriente del pensamiento, originaria de EUA y que viene de la corriente puritana abolicionista y es la que predomina. Es la política oficial en este momento. No estoy hablando de cosas extrañas o lejanas, sino de aquí y además son políticas en que coinciden los partido mayoritarios. Para la postura abolicionista el problema no es en qué condiciones se ejerce la prostitución, sino que la prostitución es un mal en sí mismo, que implica degradación de la mujer. Piensan que la sexualidad de pago implica la venta de la mujer, que no existe el trabajo sexual voluntario y que sólo es violencia y esclavitud. Esta postura confunde la prostitución en sí misma con las condiciones en que se ejerce. Es evidente que puede ejercerse la prostitución en malas condiciones, que puede haber explotación y que puede haber condiciones laborales de explotación, como en otros ámbitos. Pero esto no quiere decir que el hecho de que dos personas adultas se pongan de acuerdo para dar sexo a cambio de una prestación económica, sea en sí mismo denigrante. De hecho, que las mujeres dieran sexo a cambio de seguridad económica es lo que se ha esperado que hicieran las mujeres tradicionalmente. Era el convenio de ama de casa, es decir, “yo te doy prestaciones sexuales y voy a tener hijos para ti a cambio de que me mantengas”. No está fuera del modelo. Tradicionalmente esto era aceptado. Que dos personas lleguen a este acuerdo parece tan poco significativo desde el punto de vista moral, como cualquier otro acuerdo. Simplemente son las opciones que pueden tomar personas adultas. Esto significa considerarlo como un trabajo. Esto no quiere decir que no deban ponerse límites, como en cualquier otro trabajo. Que no deben hacerlo los menores, está claro, tiene que haber una legislación que prohíba los trabajos a los menores, pero tanto en la prostitución como en muchas otras actividades también, sobre todo las que implican riesgos. El trabajo sexual no implica una degradación de la mujer, sencillamente porque la dignidad de los seres humanos no se relaciona con el uso que hagan de su aparato genital. La dignidad de los seres humanos, hombres y mujeres, depende de sus cualidades morales, una persona que responda a su palabra, que sepa ganarse la vida, que respete a los demás, que no sea cruel, ni ataque a nadie, que no mienta, que sea solidaria, ésa es una persona digna. El hecho de que tenga más o menos relaciones sexuales y con quién las tenga, no tiene nada que ver con la dignidad de los seres humanos. Ésa es una visión que implica biologizar la dignidad de las mujeres, y desde mi punto de vista, hace rato que tenemos que dejar de lado el hecho de que la dignidad de la mujer dependa de lo que haga con su aparato genital, es algo que debemos rechazar claramente. Que no existe trabajo sexual voluntario es otro de los argumentos de las posiciones abolicionistas, y la explicación es porque lo consideran un trabajo demasiado desagradable como para hacerlo de forma voluntaria. Pues existe una gran cantidad de trabajo que se hace voluntariamente y es desagradable: ¿por qué la gente recoge la basura o baja a los socavones de las minas?, no es porque le guste, lo hace para ganarse la vida. El trabajo sexual se hace exactamente por lo mismo. No requiere que a las personas les guste hacerlo, simplemente depende de que las otras opciones laborales sean consideradas peores. Y como hemos visto, muchas de las otras opciones son malas. Por consiguiente, no nos debe extrañar que haya cierto sector de trabajo sexual voluntario. Que es sólo violencia y esclavitud es otro de los argumentos. Pues no es verdad, lo cual no quiere decir que no lo haya. Antes hemos señalado que las prostitutas, por serlo, podían padecer más violencia que otros sectores, porque éste es el castigo social que les estamos imponiendo. Pero si quitamos el castigo social, entonces cabría ver si se mantiene la violencia. También puede existir esclavitud en el sentido de que lo hagan forzadas y les retengan los documentos. Esos casos son poco frecuentes, pero existen. Como también existen en la construcción o en el trabajo en el campo. Debido a la fragilidad que implica la condición de inmigrante, puede haber personas que abusen de ellas. Pero este argumento toma la parte por el todo. Además de tergiversar los datos generales. Otra posición, que se opone a la arriba expuesta, es la que pide la “legalización reglamentarista”. Algunos sectores empresariales de la industria del sexo, señalan que debe ser una actividad económica regulada, con lo cual estamos de acuerdo, pero además piden que haya que registrar y tener control sanitario de las prostitutas. Éste es un argumento totalmente falso, no hay que hacerlo. Otra de las propuestas es abolir la prostitución callejera, con lo cual lo que buscan es quitar la competencia. Los principales problemas de esta posición radican en que registrar a una persona estigmatizada implica que a lo largo de su vida va a figurar siempre en su legajo su paso por la prostitución, lo cual no se debe hacer y, por otra parte, los controles sanitarios producen una indefensión en las prostitutas. El único sexo seguro es el que se hace con profiláctico. Las prostitutas no son un sector con mayor incidencia de enfermedades venéreas que otros sectores de la población. Tendría que dar datos ahora de los centros de epidemiología pero, de hecho, son un sector especialmente cuidadoso en el tema de las enfermedades venéreas porque ellas saben que se están jugando la vida en ello. Y si los dueños de los clubes de alternes les dicen a sus clientes que estas prostitutas son sanas y que ha venido el médico, entonces a las prostitutas les resulta muy difícil negociar con los clientes la utilización de profilácticos. Lo cual es un riesgo para su vida y la de los clientes. Por consiguiente, los controles sanitarios son una trampa y no una solución.
¿Cuáles son las reivindicaciones hoy de las trabajadoras del sexo?
D. J. Son varias. Una de ellas es el reconocimiento social de su actividad como trabajo. Vivimos en una sociedad en la cual sólo se consideran dignas las personas que saben ganarse la vida. Ellas se ganan la vida, entonces quieren que se las respete como cualquiera otra persona que se gana la vida sin delinquir. Otras reivindicaciones son garantizar el respeto social y facilitar su autoorganización. Si penalizamos o abolimos la prostitución, de hecho lo que estamos dificultando son sus organizaciones autónomas y por lo tanto, que ellas puedan controlar sus propias condiciones de trabajo. Las leyes actuales contra el proxenetismo, por ejemplo, las que se terminaron aplicando en Francia, pero también en todos aquellos países en los que se ha ido endureciendo las leyes al respecto, extienden la culpabilidad incluso hacia el grupo familiar de las prostitutas, puesto que se transforman en proxenetas debido a que definen a un proxeneta como “quien vive o lucra del trabajo de una prostituta” y entonces, si su familia vive y lucra con su trabajo, fundamentalmente sus hijos, son también proxenetas. Estas medidas punitivas evitan también que se asocien en cooperativas, porque entonces, aquella que esté atendiendo la caja, o haciendo limpieza y que no haga trabajo sexual, también puede ser acusado/a de proxeneta. Queda claro entonces que son legislaciones que terminan actuando contra las prostitutas. Sus reivindicaciones apuntan a que se les facilite su autoorganización y luchar contra la discriminación, que es el terreno en el cual se arraiga la violencia y facilitar su empoderamiento, es decir, dejarlas hablar y escucharlas y que puedan organizarse. También, por supuesto su sindicalización. Algunos sindicatos como CCOO están en esto. Protección contra las agresiones, seguridad cuando presentan denuncias y tolerancia cero para cualquier agresión o violación de sus derechos. Esto es lo que ellas quieren y es lo que quieren también las asociaciones que trabajan con ellas. Lucha contra la discriminación, lucha contra la violencia simbólica, contra la violencia material de mafias, la violencia institucional, la violencia de la policía y la violencia ciudadana y reconocerlas como interlocutoras válidas. Facilitar su autoorganización, su sindicalización y establecer redes mixtas de mujeres prostitutas y no prostitutas en las cuales, en tanto que mujeres, nos apoyemos todas y tengamos la suficiente solidaridad para escuchar la voz de nuestras hermanas que están más discriminadas en lugar de unirnos, precisamente, con los sectores que más la discriminan. Ellas dicen que se les hace mucho más caso si forman parte de asociaciones mixtas.
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Las mujeres inmigrantes están sometidas a una doble violencia, la ejercida por el maltratador y la discriminación a la que se ve abocada en la legislación, que prima su condición de inmigrante sobre la de víctima