MUGAK: Centro de Estudios y Documentación sobre racismo y xenofobia de SOS Racismo/SOS Arrazakeria
 
 

8 nº8 (2000-05-01)
La complejidad de la realidad social
Alegret, Joan L.

La complejidad de la realidad social

A estas alturas es ya un tópico afirmar que la realidad social es muy compleja y que sólo se puede entender, explicar, interpretar, utilizando enfoques no reduccionistas. Al asistir a la reunión de la Coordinadora de ONG Solidarias de las comarcas gironenses convocada en relación a los últimos acontecimientos de Terrassa, Banyoles, Girona, etc., he vuelto a comprobar, una vez más, esa complejidad. Una de las primeras dificultades al abordar un fenómeno social complejo, tal vez la primera dificultad, radica en la definición del problema, como la condición previa para poder articular cualquier tipo de respuesta organizada, sistemática, operativa. Mientras hablaban los compañeros, me preguntaba ¿cuál es el problema en nuestro caso? ¿La desigualdad social, la marginación, la discriminación, la estigmatización, el racismo, la xenofobia, la ley de extranjería, la intolerancia, la falta de cultura, la falta deinformación, la desinformación, el sensacionalismo de los medios de comunicación, el modelo de construcción europea, las conductas violentas de unos pocos, la inexperiencia de unos políticos, el conseller Comas? Como podemos imaginarnos, según cómo definamos como el problema, nuestras actuaciones irán en una u otra dirección. Pero lo peor es mezclarlo todo, como parece que a menudo está pasando, lo que causa así un problema metodológico insuperable desde fuera de las ciencias sociales. Propongo un hilo conductor, una propuesta como cualquier otra, para intentar analizar esta complejidad referida al caso de los hechos racistas de los últimos días. A partir de la ilustración, y de la mano de la modernidad, a las sociedades como la nuestra se les planteó un dilema: pese a las proclamas de libertad, igualdad y fraternidad, era necesario explicar «naturalmente » el hecho de que unos hombres y mujeres fuesen más libres, iguales y fraternos que otros. Desde entonces, nuestras sociedades han ido elaborando unas categorías a partir de las cuales poder explicar estas «naturalidades». Inicialmente estas categorías fueron las de «locos», «criminales» y «salvajes» que la división intelectual del trabajo va a encomendar respectivamente a la siquiatría, la criminología y la antropología. Pero la cosa ha ido evolucionando, así como las categorías y las justificaciones ideológicas del dilema inicial. Hoy en día, y en nuestra sociedad, ha aparecido una nueva serie de categorías, que si bien en el fondo siguen el mismo modelo inicial, se nos presentan bajo otras formas y con otros discursos asociados. Una de estas nuevas categorías, la que nos interesa destacar aquí -y hay otras como la de drogadictos o terroristas- es la de inmigrantes. A grandes rasgos, los inmigrantes, en nuestra sociedad, parece que cada vez más se están acercando –los estamos empujando– a la categoría más genérica de marginados. No me interesa aquí comentar los procesos y las especificidades de este proceso de marginaciónautomarginación, sólo quiero resaltar la funcionalidad que en nuestra sociedad tiene la existencia de marginados, y, entre ellos, los inmigrantes. Si entendemos por marginación el conjunto de procesos que llevan ala exclusión de determinados individuos o grupos en el acceso a los recursos a los que todos los ciudadanos tienen derecho, veremos que esta marginación ya tiene su funcionalidad —su «lógica » dentro del sistema— hasta llegar a ser ya un componente necesario para su propia reproducción. Es decir, que el sistema, ante la necesidad de proveerse de explicaciones acerca del mantenimiento de las desigualdades, crea unas categorías para designar a determinadas personas y grupos de nuestra sociedad a los que se trata como si estuviesen al margende ésta. A esos colectivos se les coloca en un espacio liminar, de tierra de nadie, muy vulnerable, ytambién muy «contaminante» como todos los estados liminares. No es de extrañar que esos colectivos sean muy propicios a todo tipo de fechorías por parte de quienes necesitan estigmatizar a alguien para, al hacerlo, encontrar su lugar en la sociedad. Pero tal y como muy bien dice una de mis maestras, Teresa San Roman, la estigmatización no es una variable independiente. Constituye la mediación necesaria en un proceso de marginación, pero ha ser activada por otros factores coma la competencia para ciertos recursos básicos como territorio, vivienda, trabajo, espacio urbano, etc. Eso es lo que, a mi entender, está comenzando a pasar entre nosotros. Estamos empezando a crear nuevos –y recrear viejos– estigmas que estamos utilizando como activadores de este proceso de marginación, haciendo posible de este modo que el sistema continúe, se haga competitivo, se pueda seguir reproduciendo a sí mismo (mano de obra barata, trabajos que ninguno quiere hacer, justificación ideológica de las desigualdades sociales porque son «otros», etc.). Para crear o recrear estos estigmas se necesitan ciertas condiciones sociales que son las que desde un tiempo a esta parte se están produciendo en nuestra sociedad. El proceso es sencillo. Para estigmatizar a alguien es condición necesaria que este alguien se salga de la norma, se desvíe, no se integre, etc. A partir de estas supuestas «anormalidades» podrá comenzarla estigmatización como mediación necesaria en el proceso de marginación. Pero además se ha de producir también la visibilidad de estas supuestas «anormalidades- desviaciones», si no, la cosa no funcionaría. Pero tal y como nos dice Oriol Romani en su último libro sobre las drogas, la visibilidad social de estas supuestas «desviaciones», además de ser socialmente construidas, dependen de la interacción de diferentes variables características de la sociedad de que se trate. La primera variable será la falta cualitativa y cuantitativa de recursos (económicos, sociales, políticos, culturales, simbólicos) de los que los miembros de los grupos sociales disponen para negociar su situación dentro del propio sistema. En este sentido vemos cómo los incidentes de los últimos días se están produciendo en barrios con pocos recursos, olvidados de la Administración, desestructurados por el paro, y donde los jóvenes no disponen de recursos simbólicos para reformular sus identidades en un mundo fragmentado, sin referentes y sin perspectivas de futuro. La segunda, el tipo y grado de prejuicios, estereotipos, actitudes existentes en el grupo mayoritario y referidos a los grupos supuestamente «desviados». Aquí no partimos de cero: el “moro” y el “negro” siempre han estado presentes en el imaginario colectivo de nuestra sociedad. Lo único nuevo hoy es la combinación de «negro y musulmán», como ha pasado en Banyoles o en Girona, no así en Terrassa, y que aún no sabemos cómo está trabajando en nuestro subconsciente social. La tercera, la entidad de la norma violada. Esta variable es la que nos permite dar intensidad al proceso de estigmatización. Segun la tipología de la supuesta «desviación» la reación será más intensa, más irracional en el sentido de necesitar menos justificación ideológica. La suciedad y el ruido hace más de cinco siglos que forman parte de nuestro repertorio cultural de prejuicios utilizados como instrumentos de estigmatización. Pero tal vez el más potente de todos los prejuicios es el sexual. En Terrassa parece que todo comenzó porque los jóvenes magrebíes les decían “cosas” a las mujeres que pasaban por la plaza. Parece que ésta es una de las normas más inviolable de nuestro sistema de valores. Como vemos, la activación de los estereotipos, de los prejuicios, es cosa relativament fácil de conseguir. La cuarta variable es la alarma social producida por estas supuestas «desviaciones». En este punto, «con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho». A veces, ya no sé si la realidad es lo que ocurre o es lo que crean los medios de comunicación. Como decía Lévi-Strauss parece que vivimos de telerrealidades. Pero lo que sí es cierto es que esta realidad no podemos rehuirla; en todo caso, hemos de aprender a informarnos, saber «leer entre líneas», en definitiva, a formarnos un criterio y no dejar que nos lo ‘ impongan. Pero eso parece imposible en un sistema informativo hiperdemocrático, como decía en Girona hace unas semanas Ignacio Ramonet, donde lo que interesa es la cantidad de información y donde el contenido parece que no importa. La censura de hoy es el exceso de información. En la reunión de la Coordinadora de ONG Solidarias, por un momento llegué a pensar que lo más importante de todo era lo que han dicho, dicen y dirán los medios de comunicación, pues en función de eso actúan los políticos, que son los únicos que pueden cambiar las cosas, como si los ciudadanos ya no pudiésemos decir nada en todo esto.

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